Cuando asumimos el rol de reconocer que estamos en esta vida, por la gracia de Dios, que es un regalo de Dios aunque no estaba obligado hacerlo pero que lo hace por puro amor; cuando intimamos con nuestro corazón por sentirnos amados y que sentimos que nos impulsa a levantarnos y a ponernos en camino, a despertar de nuestros egoísmos y de la realidad que nos embulle, sentimos que más allá hay un horizonte con una línea totalmente diferente; un horizonte que nos atrae, nos agita y nos abre los ojos para ponerse a nuestra altura, a nuestro alcance y para tener la capacidad de contemplar una meta que nos garantice la felicidad.
El ser humano siempre busca la felicidad, vive para ser feliz y de una manera o de otra apuesta todo por alcanzarla. En ella se mueve la libertad. Dios no violenta esa libertad, porque El siempre espera primero antes que nosotros lleguemos. Sólo quiere que nos dejemos sorprender para que nuestro camino no sea aburrido y previsible y tengamos un horizonte lleno de vida.
Es importante compartir ese horizonte. Valorarlo con serenidad y hasta en silencio, acompañando a las personas, como hoy con mi hijo, para mientras uno lo va descubriendo también lo va mostrando, enseñando a valorar siempre el esfuerzo por sobreponerse a las dificultades, a poner todo nuestro ser en superarlas y garantizar el éxito si es lo que Dios quiere, por su gracia. ¿No es esto lo que tiene que enseñar un padre a su hijo?
Las pendientes de los caminos nos estimula, hace valorar el recorrido mucho más como caminantes, nos sube la autoestima por un Dios que siempre habla bien de nosostros a pesar de no ser reconocida por los demás paseantes. El esfuerzo da sentido a nuestra libertad. El problema es cómo elegir ser libres, ser responsables con nuestras decisiones que vamos eligiendo en nuestro camino, en esas pendientes duras y empinadas pero siempre con la mira de los ojos proyectándose a la cumbre, para un día poder llegar hasta la cima con una perspectiva de libertad dulcemente elegida.
Mi libertad consiste en hacer con todo mi esfuerzo, la voluntad de Dios. Esa es la libertad más grande que puede salir del corazón humano. Luchar contra sí mismo para que en esa renuncia nos encontremos con el Señor. Esa es la llamada positiva, que siempre traerá la recompensa que es estar al final del camino en el gozo de Dios.

Hoy en día todo se consigue sin esfuerzo: estamos en la cultura del atajo. Nos estimulamos por conseguir todo por nosotros mismos creyendo que con estas tentaciones que tienen nombres y apellidos, vamos a ser felices. El atajo lleva a la comodidad, a la mediocridad elegida libremente y que trae consigo una vida que no aporta nada de nosotros mismos, vivir como si Dios no existiera, como si todo dependiera de mi solo, ajeno a la voluntad de Dios, dependiendo exclusivamente de mis manos y de mi mente que hacen que los días sean muy aburridos, que lleva a que mi libertad fuera virtual buscando siempre lo fácil, que es lo que nos ofrece siempre este mundo.
El problema es cómo aterrizar, cómo posarnos en la nueva realidad para no caer en la nuestra porque cuando concretamos la generosidad, la fraternidad, caemos en la tentación de: que no me quiten lo mío ni me molestes de mi comodidad porque me quitas mi espacio de vida. Cuando concretamos el bien, la generosidad, la amistad que nos va surgiendo en el camino, en esa pendiente...ya es otra cosa: no me molestes! Eso es lo fácil que va rondando en nuestro caminar. Necesitamos algo más para sobreponernos de nosotros mismos, y ese es el camino a elegir y que cuesta.
Por eso lo difícil pero importante a la vez, es conocer el camino hasta la cumbre. Y a veces esa cumbre es de cruz. Pero ¡qué bella la cruz! Eso es lo que debemos apreciar y saborear durante nuestra vida: que es bella, que nuestro camino es apasionante, somos afortunados y privilegiados por el agradecimiento ante ese proyecto de amor que se nos revela, siempre con riesgos para no elegir el camino fácil sin responsabilidad y cayendo en la tentación. La tentación en sí misma no es mala, lo malo es caer en ella. Es una oportunidad para decir Si a Dios todos los días. Cada día es una oportunidad para elegir. La cruz consiste en levantarse y seguir por el camino que nos dicta nuestro corazón según la voluntad de Dios.
Nuestra verdadera libertad es elegir, con la gracia del espíritu santo siempre a Cristo, porque con El siempre me ocurrirán cosas buenas para poder elegir al día siguiente otra vez a Dios. Por eso cada día es una oportunidad maravillosa para decir: ¡Señor yo te elijo a Ti!


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