"Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt 5,38-48)
Si algo me atrae de los santos es su lucha interior por sobreponerse de sí mismos para que el que gane siempre sea Dios. Ese esfuerzo siempre nos llevará a la santidad. La renuncia, la herida que debe salir por el amor hacia los demás sólo viene dada por un corazón tierno, sencillo y humilde a los ojos de Dios Padre.
Jesús, haciéndose hombre y llevando una vida normal como la nuestra durante treinta años, nos enseña que ser santos se alcanza en lo normal. Ser santo no es hacer cosas raras: el santo es quien se esfuerza por sonreír y reconoce humildemente que no ha podido, se ríe de él mismo, pide ayuda y se lo propone de nuevo al día siguiente, más apoyado en la ayuda de Dios que en sus propias fuerzas.
Lo pequeño, o lo pequeñísimo, es importante. ¡¡¡Eso sí puedo ofrecérselo a Dios!!! Lo importante es que los demás, el prójimo vea en tus ojos esa lágrima de la alegría de Cristo.
Así, San Juan de la Cruz junto a Santa Teresa de Ávila son los grandes maestros de oración y mística en la Iglesia Católica. Pues bien, ese pequeño fraile Carmelita Descalzo en una ocasión de oración profunda, tuvo un encuentro místico con el Señor y éste le dijo:
“Juan, pídeme algo”
A lo que San Juan de la Cruz respondió:
“Señor, aquí en la tierra, sufrir y padecer por Ti”.
San Juan de la Cruz no era ningun masoquista. Sino un enamorado del SEÑOR. Pues se daba cuenta que desde siempre, a JESÚS no le falta gente que lo ame en los milagros, en las consolaciones, en los éxitos. Pero en la Cruz siempre se encuentra abandonado. Rodeado de muchos que le escupen, y de pocos que lo consuelen.
Hay una aclamación creo que de San Juan de Avila que decía más o menos: Si Cristo subió al cielo llagado y atravesado, nosotros sus discípulos ¿vamos a subir duchados, vestidos y perfumados?
- Nuestra aspiración como hijos de Dios.
Fuimos creados en nuestra santidad para dar gloria a Dios. No puedo ser santo si no Lo glorifico en mi medida perfecta, la que El me ha dado con mis fuerzas. La única manera de dar gloria a Dios es dando todo de mi a Dios, entender que El es el fin de mi vida, es mi destino, es mi vida dada a El y sólo a El. Hacerlo todo por gloria de Dios es el fin de nuestra existencia. La santidad plena se consigue en la gloria de Dios mismo: en el cielo. Estar en el cielo es participar de la santidad de Dios, por eso ellos ya son santos y no se pierde esa santidad nunca más. Radicalmente es aquel que está en el mismo cielo junto a Dios. Todo bautizado es santo por los méritos mismos de Jesús, sólo por su gracia. Pero la perdemos en el pecado. Cuando tenemos una vida sacramental, la fidelizamos, la insistimos, podemos llegar alcanzar un grado de santidad acorde a nuestra capacidad dada por Cristo. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí mismos sino para aquel que murió por ellos. La santidad implica no mirarse a sí mismo, un grado de renuncia de sí mismo y poner en el centro de su corazón a Jesús. Sin ese salto podemos llegar a ser buenos, pero no santos a los ojos de Dios. Este es el punto, la clave para dar el salto a la santidad: la renuncia, la negación de sí mismo. Es aquel que se queda fascinado por la belleza de Dios, le es suficiente el amor de Dios que hace que sólo le interese al prójimo, renunciando a sí mismo.
Toda forma de santidad, si bien sigue caminos diferentes, siempre pasa por el camino de la Cruz y de la renuncia. No hay santo que no haya abrazado a la cruz, no se haya negado a sí mismo. Por eso es natural en el ser humano rechazar el sufrimiento, la cruz, el sacrificio, salvo que sea masoquista, aunque al unirnos al padecimiento mismo de Dios en su cruz hace que nos elevemos a esa santidad.
Cuando una persona empieza a vivir tanto en gracia de Dios, las personas viven más en gracia que en pecado, todo ello con esfuerzo, renuncia, sólo para llegar alcanzar la gracia dentro de la batalla de lucha interna contra sí mismos.- Y en nuestro matrimonio?¿Hay lugar para la santidad? (a desarrollar)
Un primer paso importante sería ver cómo es nuestra oración, ¿Jesús primero y Jesús en todo? ¿es así El en todo para conocer nuestro grado de renuncia, de abrazo a nuestra cruz.? Hay que pedir por nuestras intenciones, pero primero pedimos por entender las intenciones de Dios. Es radical conocer qué quiere Dios en nuestra vida. Nos va la vida en ello. Sólo en nuestra experiencia de vida, de sufrimiento, de alegría para con los demás, podremos encontrarnos a Cristo. Sentados cada mañana sin sorpresas de Dios es imposible.
Qué hermoso sería llegar siempre a la oración aunque estemos consolados o destrozados diciendo:
Señor, ¿cuáles son tus intenciones? ¿qué quieres que haga? ¿cuál es tu Voluntad para mí? ¿cómo puedo consolarte por las muchas ingratitudes que recibes de mí y de tantos otros?
Quien ama a Dios por lo que recibe de Él, su fe tiene fecha de caducidad.
Hay que poner todo nuestro ser por amar a Dios no por lo que recibimos de El, sino por Él mismo!
Sólo Dios basta!
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En una soleada Plaza de San Pedro y ante miles de fieles y peregrinos el Papa Francisco, antes de rezar el Ángelus en la fiesta de Todos los Santos de este viernes 1 de noviembre, afirmó que “la meta de nuestra existencia no es la muerte, sino el Paraíso".
Y recordó que los Santos son los amigos de Dios, que han transcurrido su existencia terrena en comunión profunda con Dios, hasta el punto de llegar a ser semejantes a Él, porque han visto en el rostro de los hermanos más pequeños y despreciados el rostro de Dios, y ahora lo contemplan cara a cara en su belleza gloriosa.
No nacieron perfectos
El Santo Padre también afirmó que los Santos “no son superhombres, ni han nacido perfectos”. Sino que son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Son hombres y mujeres que tienen la alegría en el corazón y la transmiten a los demás.Francisco no olvidó destacar que ser santos “no es un privilegio de pocos, sino que es una vocación para todos”. De modo que todos estamos llamados a caminar por la vía de la santidad, que tiene un nombre y un rostro: Jesucristo.
Además, el Obispo de Roma preguntó ¿qué nos dicen los Santos, hoy? Y respondió afirmando que nos dicen que debemos confiar en el Señor, ¡porque Él no decepciona! A la vez que con su testimonio nos animan a “no tener miedo de ir contracorriente o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio”.
Antes de rezar a la intercesión de María, Reina de todos los Santos, el Pontífice dijo que nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración de los espíritus bienaventurados se une a la oración de sufragio por cuantos nos han precedido en el pasaje de este mundo a la vida eterna.
No nacieron perfectos
El Santo Padre también afirmó que los Santos “no son superhombres, ni han nacido perfectos”. Sino que son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Son hombres y mujeres que tienen la alegría en el corazón y la transmiten a los demás.Francisco no olvidó destacar que ser santos “no es un privilegio de pocos, sino que es una vocación para todos”. De modo que todos estamos llamados a caminar por la vía de la santidad, que tiene un nombre y un rostro: Jesucristo.
Además, el Obispo de Roma preguntó ¿qué nos dicen los Santos, hoy? Y respondió afirmando que nos dicen que debemos confiar en el Señor, ¡porque Él no decepciona! A la vez que con su testimonio nos animan a “no tener miedo de ir contracorriente o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio”.
Antes de rezar a la intercesión de María, Reina de todos los Santos, el Pontífice dijo que nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración de los espíritus bienaventurados se une a la oración de sufragio por cuantos nos han precedido en el pasaje de este mundo a la vida eterna.


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