miércoles, 16 de enero de 2013
De Colores! Febrero 2011
Mi Confesión, de Colores.
Tengo junto a mí la foto del grupo, mi crucifijo y mi libro del Peregrino. Llamo al Espíritu Santo...Y pongo mi amor.
Después de mi Sí a Tomi, -cosa tonta porque siempre le digo sí - se acercaban los días y reflexionaba sobre los momentos de mi niñez en las convivencias y los ejercicios espirituales con mis curas del colegio Claret. Ansioso estaba con mi Encuentro y los nervios aumentaban mientras se acercaban los días para conocer qué personas iban a compartir ese descubrimiento conmigo. Desconocía por completo todo, pero mis ansias de vivir otra experiencia hizo apagar mis dudas.
La noche del jueves 10 de febrero entré en Las Javerianas y vi a un puñado de personas en el hall, despistadas, nerviosas y sin sentirse ubicadas en el lugar. Yo di mi paso y atravesé el umbral de la puerta por lo que ya no había marcha atrás cerrando los ojos y entregando todo en las manos del Señor. En ese momento se me acercó un tal Jose Luis, con ojos grandes y sonrisa que cubría toda su cara. ¡Este hombre no me conocía de nada y ya me sonreía...! Estaba claro, yo ya pensaba que no me habían engañado por venir aquí, y que el lenguaje que utilizaba Jose Luis lo reconocía, transparente y sincero, y era el que me habían enseñado en mi infancia, y que ahora vivía todas las semanas en mi Parroquia, cuando compartimos la alegría en la fiesta del Señor.
Me acompañó amablemente a la salita de la entrada, tal vez preocupado por mis nervios y despistes y allí estaba Tomi y dos personas que me pidieron mis datos, me dieron una tarjetita con mi nombre, para posteriormente adentrarme en ese espacio desconocido con personas desconocidas...
La habitación era sencilla, suficiente, la capilla divina y el comedor de la planta alta acogedor: todo ayudaba a reconocer el espacio vivido con anterioridad, por lo que los pasos a seguir para llegar a la meta ayudaban a perder la desconfianza y el temor para imponerse al final la ilusión. ¡Hasta reconocía a los dos curas...!
La primera noche, la peor sin duda. No dormí. Por más que intentaba poner esfuerzos, los ojos no querían cerrarse. Había que hacer un ejercicio importante, por lo que no tuve más que ponerme en la oración para poder recordar la Película de mi vida. Toda la noche.
Al día siguiente, la campana. Como ovejas que van al matadero, empezamos disciplinadamente nuestras actividades en el salón mayor después de nuestras reflexiones en la capilla, y los cursillistas nos dividieron en mesas con cinco grupos de personas. A mi me tocó la tercera, con Luis a la cabeza y mis compañeros que que se llamaban según sus tarjetas Victoria, Conchi y Tino; muy equilibrado: dos hombres y dos mujeres.
Las horas al principio eran un poco pesadas y más con el sueño, pero el entusiasmo de los cursillistas y el amor de Jose Miguel y Nicolás entrevieron una luz que tenía que salir muy pronto. ¡Que viene, que viene!
Y así fue. Las reuniones retiradas después de los rollos, me hicieron ver las necesidades y búsqueda de cada uno de ellos. El tema era lo de menos; lo importante era el encuentro mutuo con nosotros mismos y con los demás: sus inquietudes, sus sufrimientos, sus ansias de cambiar. Durante esas reuniones personales alejadas del resto, en nuestra esquina de confesiones, Tino disparó directamente a nuestros corazones, derritiéndose en sinceridad, dejándonos al resto muy rezagados en la verdad. El trabajo era grande, se avecinaba ya el encuentro.
Poco tiempo para nosotros mismos era el que disponíamos; no tenia ganas ni de llamar a mi mujer. Era necesario un tiempo alejado. Seguro que enriquecería mi amor por ella.
Los cursillistas dieron todo de si y nadie empezaba sin Dolores - a esta mujer tenía que conocerla como sea-. El primer rollo lo dio Eulalia sobre el ideal de vida. No sabia que mi amiga supiera todas estas cosas. En su charla descubrí cositas de ella que antes no había sentido. En ella, su hijo Jordi siempre está presente.
Pero descubrí a Luis. El autentico hijo pródigo. ¡Qué valor, qué sinceridad, qué arrojo! Mi corazón buscaba ansiosamente su amistad. Una persona del que tenía que empaparme de cariño.
Pero para cariño, Estrella. Voy a ser sincero: podría hablar de lo que sea que para mí no era la charla lo relevante, sino el gran amor de Estrella. La charla se tenía que haber titulado El amor de Estrella. Me recuerda a mi padre: besos, besos y más besos. Sólo quieren que la quieran y ella lo devuelve todo, se deja el corazón en cada momento. Se me caían las babas. Necesitaba darle un abrazo grande para poder conectar con ella y sentirla: y así fue. ¡Gracias Estrella!
Tomi y su guitarra. Je, je... como si no lo conociera. Sorprendió a todos los asistentes con su inteligencia y convicción. Las notas musicales perfumaban la sala por lo que le facilitaba transmitir lo que quería. Yo te alabo Padre por darme a esta persona. No permitas que me la quiten, porque Te rezaré para que mi vida esté siempre próxima a la suya.
Y llegamos al alma de la convivencia que estaba claro que eran los sacerdotes. José Miguel y Nicolás. Del primero estaba impaciente por conocerlo personalmente, puesto que aunque él no lo sabía le oía en algunas homilías de las misas en la Catedral a las nueve y cuarto de la mañana. Era mi prioridad: tenía que tener una charla personal con él y transmitirle mis inquietudes en la vida, que me tuviera en cuenta y me diera un trozo de su cariño. Me hace mucha ilusión contar con él.
Pero mi gran descubrimiento fue Nicolás. Su dulzura y gran corazón como el de un niño grande, atravesaba a cualquiera que se le pusiera por delante con la palabra. Utiliza su gracia y los chistes para conectar con todos. Le importaba tres narices el ser gracioso o quedar bien con los demás, sólo le interesaba que nosotros conectáramos con él para que pusiéramos todo nuestro ser y lograr el fin último: conocer a Jesús. ¡¡¡Y vaya que lo logró!!!
Pero mirad, yo no tengo el don de la gracia ni del chiste. No creo que tenga esa cualidad. Pero creo que tengo el don de la oportunidad. Estoy seguro que todo lo que le he dado al Señor en todos estos años de oraciones, ofrecimientos, vida parroquial y sobretodo miserias, estaban dirigidas para completarlas en estos tres días de convivencia. O tal vez en el momento que estuve con mis hermanos de grupo de rodilla delante del Sagrario. Fue un momento muy intenso, sincero y de piedad. Todas mis culpas se quedaron atrás. Quería que mi corazón fuera Su habitación perpetua y que mi conversación Le fuera agradable. Mi amor por la comunidad y con Cristo llegó a su plenitud. Ya no quería salir y lo quería dar todo: mi alma, mi ser, mi amor.
Y para terminar un momento especial para mi: el abrazo final en la misa del domingo en la iglesia de Isabel de Hungría. Fue un sincero desprendimiento de cariño con todos, a pesar de mis diferentes grados de comunicación con cada uno de ellos.
Y vino la sorpresa del lunes: el cuarto día. En mis primeras horas en el trabajo, mi corazón latía intensamente, mi cabeza sólo tenia tiempo para pensar en el milagro del amor común. Era increíble: caminaba con los pies a cinco centímetros del suelo, y hablaba bajito. ¡Yo, que hablo chillando! No tenía ganas de hablar con nadie, sólo escuchar y escuchar... Me acordé de Conchi, de la serenidad y de la paz que ella había encontrado. Yo flotaba en el aire, el Señor estaba conmigo. Sólo hablaba con El. No prestaba atención a nada ni a nadie. Y cuando llegué a mi despacho y abrí mi iPad me encontré con la foto de grupo dentro: mis lágrimas afloraron intensamente porque veía a Jesús en cada uno de ellos.
Vivir en comunidad es necesario para nuestra búsqueda, pero no olvidéis que lo que nos diferencia a los cristianos es la Esperanza.
Os voy a contar qué es la Esperanza para mi:
- Reportándose!!!- esta historia es para mis hermanos de convivencia, los demás seguro que la conocen-.
Una vez un Sacerdote estaba dando un recorrido por la Iglesia al mediodía… al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver quién había venido a orar. En ese momento se abrió la puerta; el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo; el hombre estaba sin afeitarse desde hace varios días, vestía una camisa rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes se habían comenzado a deshilachar. El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza, luego se levantó y se fue. Durante los siguientes días el mismo hombre, siempre al mediodía, estaba en la Iglesia cargando una maleta… se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir.
El Sacerdote, un poco temeroso, empezó a sospechar de que se tratase de un ladrón, por lo que un día se puso en la puerta de la Iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le preguntó: “¿Qué haces aquí?”. El hombre dijo que trabajaba cerca y tenía media hora libre para el almuerzo y aprovechaba ese momento para orar, “sólo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco lejos, así que sólo me arrodillo y digo: Señor, sólo vine nuevamente para contarte lo feliz que me haces cuando
me liberas de mis pecados… no sé muy bien orar, pero pienso en Ti todos los días… así que, Jesús, éste es Jim reportándose”.
El Sacerdote, sintiéndose un tonto, le dijo a Jim que estaba bien y que era bienvenido a la Iglesia cuando quisiera. El Sacerdote se arrodilló ante el altar, sintió
derretirse su corazón con el gran calor del amor y encontró a JESÚS, mientras lágrimas corrían por sus mejillas; en su corazón repetía la plegaría de Jim:
“SÓLO VINE PARA DECIRTE, SEÑOR, LO FELIZ QUE FUI DESDE QUE TE ENCONTRÉ A TRAVÉS DE MIS SEMEJANTES Y ME LIBERASTE DE MIS PECADOS… NO SÉ MUY BIEN CÓMO ORAR, PERO PIENSO EN TI TODOS LOS DÍAS… ASÍ QUE, JESÚS, SOY YO REPORTÁNDOME”.
Cierto día el Sacerdote notó que el viejo Jim no había venido. Los días siguieron pasando sin que Jim volviese para orar. Continuaba ausente, por lo que el Sacerdote comenzó a preocuparse, hasta que un día fue a la fábrica a preguntar por él; allí le dijeron que Jim estaba enfermo, que, pese a que los médicos estaban muy preocupados por su estado, todavía creían que tenía oportunidad de sobrevivir. La semana que Jim estuvo en el hospital trajo muchos cambios, él sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa.
La enfermera jefe no podía entender por qué Jim estaba tan feliz, ya que nunca había recibido ni flores, ni tarjetas, ni visitas.
El sacerdote se acercó al lecho de Jim con la enfermera y ésta le dijo, mientras Jim escuchaba: “Ningún amigo ha venido a visitarlo, él no tiene a dónde recurrir”. Sorprendido, el viejo Jim dijo con una sonrisa: “La enfermera está equivocada… pero ella no puede saber que, TODOS LOS DÍAS, desde que llegué aquí, a MEDIODÍA, UN QUERIDO AMIGO MÍO VIENE, SE SIENTA AQUÍ EN LA CAMA, ME AGARRA DE LAS MANOS, SE INCLINA SOBRE MÍ Y ME DICE: “SÓLO VINE PARA DECIRTE, JIM, LO FELIZ QUE FUI DESDE QUE ENCONTRÉ TU AMISTAD Y TE LIBERÉ DE TUS PECADOS. SIEMPRE ME GUSTÓ OIR TUS ORACIONES, PIENSO EN TI CADA DÍA… ASÍ QUE, JIM, ÉSTE ES JESÚS REPORTÁNDOSE”.
Yo quiero ser Jim!
De colores.
Un amigo que les quiere, Eduardo - ya sin etiqueta -
Nota: no tengáis en cuenta las ausencias en esta carta, de las personas que estuvieron en la convivencia; sólo he querido contar mi experiencia del Amor en comunidad, con el Señor.
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